– Tuvimos que prolongar la vigilancia del caso Bines hasta las tres.

– ¿Pudiste atraparle?

– Se me echó él a los brazos, iba ciego perdido tras una sesión maratoniana de vídeo. -Eve esbozó la sonrisa del cazador, cruel y sombría-. El cabrón vino hacia mí como si fuera mi androide personal.

– Enhorabuena. -Él le palmeó la espalda antes de po?nerse en pie. Bajó de la plataforma hasta el vestidor y selec?cionó una chaqueta de entre muchas-. ¿Y hoy? ¿Has de re?dactar algún informe?

– Hoy tengo el día libre.

– ¿Ah, sí? -Se volvió sosteniendo una llamativa ame?ricana de seda color gris marengo-. Si quieres puedo re-programar el trabajo de la tarde.

Lo cual, pensó Eve, sería como si un general variara la programación de las batallas. En el mundo de Roarke, los negocios eran una complicada y lucrativa guerra.

– Ya estoy comprometida. -El entrecejo volvió a fruncirse antes de que pudiera evitarlo-. Voy a comprar el traje de novia.

Él sonrió brevemente. Viniendo de ella, eso era como una declaración de amor.

– Ahora entiendo por qué estás tan rara. Te dije que yo me ocuparía de eso.

– El vestido que me ponga será mío. Y lo pagaré yo. No me caso contigo por tu dinero.

Grato y elegante como la chaqueta que acababa de ponerse, Roarke siguió sonriendo:

– ¿Por qué te casas conmigo, teniente? -Eve frunció aún más el entrecejo, pero él era un hombre con mucha paciencia-. ¿Quieres una elección múltiple?

– Porque tú nunca aceptas un no por respuesta. -Ella se puso en pie, hundió las manos en los bolsillos de sus téjanos.

– Mala puntuación: prueba otra vez.

– Porque he perdido la cabeza.

– Así no ganarás el viaje para dos personas a Tropic World.

Una sonrisa reacia afloró a los labios de ella:

– A lo mejor te quiero.

– A lo mejor. -Satisfecho con eso, él se acercó y apoyó las manos en sus hombros-. ¿Cuál es el proble?ma? Pon algún programa de compras en el ordenador, hay docenas de vestidos bonitos, encarga el que más te guste.



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