
– No -dijo Eve mientras ella la empujaba de vuelta al deslizador-. En serio, Mavis. Prefiero pedir algo en pan?talla.
– Será sobre mi cadáver -musitó Mavis, yendo hacia la entrada principal mientras tiraba de su amiga-. Lo menos que puedes hacer es echar un vistazo, hablar con él. Dale una oportunidad. -Adelantó el labio inferior, un arma formidable cuando se lo pintaba de magenta-. No seas boba, Dallas.
– Está bien. Ya que he venido…
Animada por esta respuesta, Mavis se llegó ante la cámara de seguridad:
– Mavis Freestone y Eve Dallas, para Leonardo.
La puerta exterior se abrió con un rechinar metálico. Mavis salió disparada hacia el vetusto ascensor de rejilla metálica.
– Este sitio es realmente retro. Creo que Leonardo lo conservará aun después de que haya triunfado. Ya sabes, la excentricidad del artista y todo eso.
– Ya. -Eve cerró los ojos y rezó mientras el ascensor empezaba a subir dando brincos. De bajada utilizaría las escaleras, eso seguro.
– Tú procura ser abierta -le aconsejó Mavis- y deja que Leonardo se ocupe de ti. ¡Cariño! -Salió literalmente flotando del ascensor para entrar a una sala abarrotada y llena de colorido. Eve no pudo por menos de admirarla.
– Mavis, paloma mía.
Entonces Eve se quedó de piedra. El hombre con nombre de artista medía al menos un metro noventa y dos y tenía la complexión de un maxibús. Enormes bí?ceps sobresalían de una túnica sin mangas con el colori?do arrasador de un atardecer marciano. Su cara era an?cha como la luna y su tez cobriza cubría como un parche de tambor unos pómulos más que prominentes. Llevaba junto a su deslumbrante sonrisa una pequeña piedra que guiñaba, y sus ojos eran como dos monedas de oro.
Levantó a Mavis en vilo y dio una rápida y graciosa vuelta con ella. Y luego la besó largamente, con fuerza, de una forma que convenció a Eve de que entre ambos había mucho más que un mero amor por el arte y la moda.
