
Mientras tomaba el deslizador para acercarse, no le pareció que Leonardo se inclinara por una cosa ni por la otra. El nudo en el estómago hizo una nueva aparición cuando Eve contempló el despliegue de plumas y cuen?tas y trajes unisex de caucho teñido. Por más gusto que pudiera proporcionarle provocar en Roarke un respin?go, ella no pensaba casarse de caucho fluorescente. Ha?bía muchas más cosas. Daba la impresión de que Leonar?do creía firmemente en la publicidad. Su obra maestra, un fantasmagórico maniquí sin rostro, estaba envuelto en un surtido de pañuelos transparentes que rielaban con tal dramatismo que hasta la tela parecía tener vida.
Eve casi puso sentirla sobre la piel. Uf, pensó. Ni loca me pondría eso. Dio media vuelta pensando en es?capar, pero se topó con Mavis.
– Sus diseños son realmente glaciales. -Mavis pasó un brazo amistoso por la cintura de Eve para frenarla y contempló la ventana.
– Mira, Mavis…
– Y no sabes lo creativo que es. Le he visto trabajar en la pantalla. Es increíble.
– Increíble, sí. Estoy pensando que…
– Leonardo comprende el alma interior -se apresuró a decir Mavis. Ella comprendía el alma de Eve, y sabía que su amiga estaba a punto de salir pitando.
Mavis Freestone, delgada como un hada en su jubón blanco y dorado y sus plataformas de aire de siete centí?metros, echó hacia atrás la rizada melena negra con fran?jas blancas, evaluó a su oponente y sonrió:
– Hará de ti la novia más excitante de todo Nueva York.
– Mavis. -Eve achicó los ojos para impedir una nue?va interrupción-. Yo solo quiero algo que no me haga sentir como una idiota.
Mavis la miró radiante, y el nuevo corazón alado que llevaba tatuado en el bíceps palpitó al llevarse ella la mano al pecho.
– Dallas, confía en mí.
