
Sus pensamientos se encaminaron a un territorio más íntimo.
«Nick Callahan no es tu tipo», se dijo a sí misma. «Es arrogante y engreído, y no usa su cerebro. Tú siempre has preferido tipos inteligentes antes que guapos».
Abrió los ojos para tratar de borrar la mente que tan insistentemente se le aparecía. Pero se dio cuenta de que estaba agotada. Apenas si podía mantenerse despierta, a pesar de que tenía que aprovechar los pocos minutos que los niños dormían para organizar.
Cuando se despertó, lo hizo con la sensación de que era la voz de Nick la que resonaba en el fondo de sus sueños.
Alzó la cabeza, se acercó a uno de los trillizos y entonces lo vio.
Zach había sacado de no sabía dónde un rotulador rojo con el que había decorado profusamente su rostro travieso. Sin pensárselo dos veces, el pequeño surcó las mejillas de su tía con el endemoniado artilugio.
– Rojo-dijo el diablillo-. Huele a fruta.
– ¿Jillian? ¿Dónde estás?-resonó la voz de Nick en la parte de abajo.
Jillian se levantó con urgencia y buscó las toallitas. Limpió con frenetismo el rostro «apache» del niño, justo a tiempo de guardarse las pruebas del delito en el bolsillo del vestido.
Cuando el carpintero entró ella sonrió.
– ¡Hola! ¿Qué tal? ¡Mirad quién está aquí, el tío Nick!
Los niños gritaron su nombre y él los sacó de sus cunas. Inmediatamente, los pequeños salieron del cuarto corriendo y los dejaron solos.
– ¿Va todo bien?-preguntó él.
– Sí, estupendamente-respondió ella-. Los niños se han dormido un rato y… creo que finalmente estoy consiguiendo organizarme.
Nick miró de un lado a otro de la caótica habitación.
– Sí, ya lo veo.
– En realidad no hacía falta que viniera.
El gesto de él fue entre confuso y divertido por la situación.
Tendió la mano sin pensar como para tocarle la mejilla. Ella se apartó asustada.
Nick forzó una sonrisa.
