– Me temo que está siendo excesivamente optimista. Cuidar de unos trillizos no es algo fácil.

Ella alzó la barbilla en ese familiar gesto de cabezonería que siempre usaba cuando no le gustaba una respuesta.

– Soy una mujer muy capaz, señor Callahan. Y ahora, si me disculpa, tengo cosas que hacer…

– Vendré a eso de las tres-la interrumpió él, levantándose y posándole inesperadamente las manos sobre los hombros.

Jillian volvió la cabeza y forzó una sonrisa.

– A los niños les encantará.

Dicho aquello, Nick se marchó.

Para mediodía ya había logrado apartar a Nick Callahan de su mente. Pero, tenía que reconocer que el recuerdo de sus manos sobre sus hombros la había torturado largas horas. Jamás antes la había tocado ningún hombre de un modo tan casual y a la par tan perturbador.

A la hora de comer, el fantasma del carpintero volvió a asediarla. No podía pensar en otra cosa. Esperaba ansiosa el regreso de Nick.

Después de alimentar a los pequeños con unos sustanciosos macarrones que acabaron en su mayor parte esparcidos por el suelo, se peleó con los trillizos durante inagotables minutos de travesuras.

Cuando, después de una ardua lucha, logró acostarlos la siesta, se quedó exhausta y rendida sobre el suelo, junto a la cama de los pequeños.

¿Cómo demonios iba a ser capaz de sobrevivir ocho días más? Se sentía incapaz de organizar, pues ellos siempre buscaban algún modo de aportar más trabajo a su ya abarrotada y desbaratada agenda.

El único foco de luz en todo aquel caos era Nick. Una imagen de él atrapó sus pensamientos. Se tocó los hombros allí donde sus manos se habían posado, sintiendo un reconfortante calor.

Podía racionalizar sin problemas lo que sentía. Era un hombre muy atractivo, de eso no cabía duda. Y no había nada de malo en reconocer la belleza masculina: hombros anchos, el pelo lleno de mechas rubias por el sol, brazos musculosos…



14 из 88