
Se había licenciado un año antes de lo que le correspondía por su edad y, en la fiesta de graduación, se había sentado al lado de su despampanante hermana, sintiéndose como el patito feo junto al hermoso cisne.
Aunque el tiempo la había dotado de un hermoso cuerpo, todavía arrastraba las heridas de sus complejos y seguía ocultándose tras sus ecuaciones. Las matemáticas se habían convertido en toda su vida y le habían proporcionado el reconocimiento social que nunca había tenido: se había convertido en una de las teóricas matemáticas más alabadas del país.
Pero, en los últimos meses, su trabajo parecía no llenar del todo un cierto vacío interior que sentía.
– Roxy, ¿tú crees que yo podría ser una buena madre?
– No veo por qué no. Aunque, antes, tendrías que aprender el arte de la desorganización y no sé si a ti te sería fácil.
Jillian miró de un lado a otro. La casa estaba hecha un verdadero desastre. Sin duda su hermana había perdido por completo la capacidad de ordenar. En sólo una hora con los trillizos a Jillian ya se le habían ocurrido un centenar de formas de mejorar la forma de vida de aquel hogar caótico.
– Pues yo creo que deberías poner un poco de control en tu vida-murmuró Jillian. Roxy se rió.
– ¡Eso es imposible con los trillizos! Se niegan a aceptar ningún tipo de organización, igual que se niegan a comer verdura. Es genético-Roxy miró a su hermana fijamente-. ¿Por qué quieres hacer esto? ¿Es que has estado pensando en casarte y en tener tus propios hijos?
Jillian hizo una pausa antes de responder.
Claro que había estado pensando en tener hijos. Lo del marido, sin embargo, no le parecía imprescindible. Lo único que necesitaba realmente era un banco de esperma.
– No-mintió Jillian-. Sólo que me gustaría pasar más tiempo con mis sobrinos, eso es todo.
