La verdad era que los trillizos eran las tres únicas personas del mundo con las que siempre se encontraba a gusto. La aceptaban como era y ella los amaba incondicionalmente.

Jillian suspiró. Quizás si su vida hubiera sido diferente, a aquellas alturas ya sería madre. Pero las perspectivas de un posible matrimonio a sus veintinueve años no eran muy halagüeñas. Probablemente por culpa suya. Al acabar el doctorado, seis años atrás, había desarrollado una lista de los estándares de su posible pareja: elevado coeficiente intelectual, una brillante carrera en ciencias y alguien que pensara que el trabajo de ella era tan importante como el de él. Tendría que ser un hombre extraordinario, quizás un premio Nóbel.

Había salido con un respetable número de amigos, la mayoría colegas del Instituto de Nuevas Tecnologías de Nueva Inglaterra. Pero después de tres o cuatro citas siempre tenía la sensación de que faltaba algo esencial.

Había llegado a la conclusión de que aunque saliera con todos los hombres del planeta jamás encontraría a la persona adecuada.

– Los trillizos dan mucho trabajo. Sería un error que pensaras que es fácil. Diez días se te pueden hacer eternos.

– Es sólo cuestión de organización…

– Sí, ya, con organización lo arreglas todo-la interrumpió Roxy-. Tú eres la única mujer que conozco que lleva el horario de limpieza en la agenda del ordenador. Yo limpio si está sucio, y si no, me echo una siesta.

Jillian levantó la barbilla desafiante.

– Te apuesto a que, si me das diez días, te organizo esta casa para que todo vaya como la seda.

– Mamá dice que ella se ocupará de los niños-dijo Roxy-. Ha contratado ayuda extra, ha guardado la porcelana y le ha advertido a papá que no podrá ir a jugar al golf durante una semana. He tardado dos meses en convencerla pero, finalmente, ha accedido.

– Estoy segura de que no le importará que cambies tus planes. Además, si necesitara ayuda, siempre podría llamarla. Está a diez minutos de aquí. Sé que puedo hacer esto, por favor, Roxy.



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