
– Estás tan distinta -dijo él por fin después de una tensa pausa.
– Lo único que he hecho ha sido cambiarme de vestido -dijo ella-. ¿Es algo tan asombroso?
Serena vio cómo su amiga levantaba las cejas por el tono con el que se dirigía a Leo, pero Leo parecía estar divirtiéndose.
– El cambio es considerable -respondió él.
– ¿Por qué no bailáis? -sugirió Candace de pronto-. Hay mucha gente con la que todavía no he hablado, así que debo dejaros solos -señaló sin hacer caso de la mirada de angustia que su amiga le dirigía.
Candace se marchó y Serena se quedó paralizada mirando el salón de baile y aislada en una burbuja de nerviosismo. Entonces, se atrevió a mirarlo y lo hizo directamente a sus ojos grises. Eran fríos y de un color claro que contrastaba con el moreno de su piel y, durante unos instantes, Serena sintió un estremecimiento placentero y aterrorizador al mismo tiempo.
– ¿Y bien? -dijo Leo-. ¿Bailamos como ha sugerido Candace?
– Sería mejor que se lo pidieras a otra -dijo ella con beligerancia, pues creía que Leo quería burlarse de ella-. No sé bailar…
Sin decir una palabra, Leo le quitó la copa de la mano y la dejó en una mesa cercana.
– Entonces, sólo tendremos que abrazarnos -dijo él y la agarró la de la mano antes de que ella pudiera protestar.
Otras parejas bailaban al ritmo de la música, unos agarrados y otros sueltos, pero Leo no la soltó, sino que, colocando una mano en.su cintura, la atrajo hacia él. Instintivamente, Serena trató de apartarse, aunque sólo consiguió que él aumentara la fuerza con que la agarraba.
– Relájate -ordenó él.
– No puedo -murmuró Serena-. Ya te lo he dicho, no sé bailar.
– No te estoy pidiendo que te comportes como una campeona de baile -señaló él con la misma ironía-. Todo lo que tienes que hacer es dejarte llevar por el ritmo de la música. No te estoy pidiendo algo tan difícil, ¿verdad?
