Leo había desaparecido con la rubia y Serena no dudó un instante en que se habrían marchado a algún lugar más íntimo.

– ¡Y aunque tuviera interés por mí, no me interesa lo más mínimo! -exclamó-. Tendrás que encontrarme otra pareja, Candace. ¡Leo Kerslake es el último hombre del que me enamoraría!

– ¿Por qué dice eso? -preguntó un voz detrás de ella.

Candace y Serena se dieron media vuelta, las dos demudadas y pálidas, al comprobar que Leo estaba detrás de ellas y que había escuchado lo que habían hablado. El nuevo sobresalto hizo que Serena derramara champán sobre su vestido y lo intentó limpiar rápidamente.

– ¡Ésta es la segunda vez que me hace esto hoy! -exclamó disgustada.

– No es culpa mía que estuvierais tan concentradas en la conversación que no me vierais llegar.

– No he nacido con ojos en la espalda -señaló Serena con ironía-. Y además, no pensaba volver a verlo. No es de buena educación escuchar las conversaciones ajenas.

– Lo único que he oído es que no te enamorarías de mí por nada del mundo -dijo él, tuteándola.

Leo miró significativamente a Candace, que le sonreía con expresión de culpabilidad. Más tarde, Candace ayudó a su amiga a terminar de limpiarse el vestido. El pelo de Serena caía por sus hombros, ya liberado de los lazos y la guirnalda de flores que había exigido la ceremonia.

Su cabello era su única vanidad. Era largo, denso y brillante; su color era cobrizo.

– La verdad es que no te había reconocido -dijo él-. Sólo cuando te oí mostrar tus opiniones en voz tan alta, me di cuenta de que eras tú.

Serena alzó la cabeza y se encontró con los ojos de Leo admirando su nuevo traje. Había cambiado de atuendo y ya no llevaba el traje de dama de honor, sino un vestido pegado al cuerpo de color fuego. El corte y el color enfatizaban la delgadez de su cuerpo y la originalidad de sus facciones.

La extraña de expresión de Leo hizo que Serena perdiera la noción de la realidad durante unos instantes.



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