Perdió el tren que la llevaba hasta la City londinense y más tarde, no encontró los ingredientes del menú que había previsto para aquel día. Tuvo que cambiar sus planes y comprar otros alimentos. Cuando por fin llegó al banco, el ascensor del personal de servicios estaba estropeado y tuvo que cruzar el vestíbulo con las bolsas de la compra ante la mirada horrorizada del recepcionista del banco. Serena se dirigía a los ascensores principales pensando que, por una vez que incumpliera las normas, no pasaría nada. Además, llegaba tarde al trabajo y le habían dejado muy claro que no podía retrasarse con los almuerzos.

Al entrar en el ascensor, que afortunadamente tan sólo ocupaba el botones, Serena suspiró aliviada y se apoyó contra la pared esperando a que se cerrara la puerta de un momento a otro. En el último instante, un hombre se coló por el pequeño espacio que quedaba.

Se trataba de Leo Kerslake.

– Hola, Serena -dijo él.

Serena creyó que el suelo del ascensor cedía bajo sus pies y se sintió desfallecer. Su vista no le estaba jugando una mala pasada. Ante sí tenía a Leo y por mucho que había tratado de olvidar sus facciones, cada ángulo de su cuerpo, allí lo tenía ante ella. Sus ojos eran aún más claros de lo que los recordaba, su mirada más intensa y su pelo más oscuro. Parecía más alto, más fuerte. más arrebatador. Tan sólo su boca permanecía como la recordaba: fría, firme, atractiva, burlona.

– Creí que estabas en los Estados Unidos -dijo ella, pues fue lo primero que se le ocurrió.

– Volví el fin de semana.

Leo no parecía en absoluto sorprendido de verla y, según creyó Serena, más bien parecía resignado o irritado.

– ¿Estás aquí por negocios? -preguntó ella en un tono algo brusco.

Él levantó las cejas sorprendido.

– Sí -contestó y advirtió que llevaba bolsas de la compra-. ¿Qué estás haciendo aquí?



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