
Al entrar en el ascensor, que afortunadamente tan sólo ocupaba el botones, Serena suspiró aliviada y se apoyó contra la pared esperando a que se cerrara la puerta de un momento a otro. En el último instante, un hombre se coló por el pequeño espacio que quedaba.
Se trataba de Leo Kerslake.
– Hola, Serena -dijo él.
Serena creyó que el suelo del ascensor cedía bajo sus pies y se sintió desfallecer. Su vista no le estaba jugando una mala pasada. Ante sí tenía a Leo y por mucho que había tratado de olvidar sus facciones, cada ángulo de su cuerpo, allí lo tenía ante ella. Sus ojos eran aún más claros de lo que los recordaba, su mirada más intensa y su pelo más oscuro. Parecía más alto, más fuerte. más arrebatador. Tan sólo su boca permanecía como la recordaba: fría, firme, atractiva, burlona.
– Creí que estabas en los Estados Unidos -dijo ella, pues fue lo primero que se le ocurrió.
– Volví el fin de semana.
Leo no parecía en absoluto sorprendido de verla y, según creyó Serena, más bien parecía resignado o irritado.
– ¿Estás aquí por negocios? -preguntó ella en un tono algo brusco.
Él levantó las cejas sorprendido.
– Sí -contestó y advirtió que llevaba bolsas de la compra-. ¿Qué estás haciendo aquí?
