Además, tenía que pensar también en su hermana Madeleine. La pobre Madeleine se había quedado sola con sus tres hijos y un montón de deudas. Poco después, su ex-marido y su nueva esposa se mataron en un accidente y el mundo se le vino encima. A pesar de ser la mayor, Madeleine siempre se había apoyado en Serena en los malos momentos. Lo único que deseaba era saldar algunas de las deudas de su hermana y conseguir que trabajara en algo. Después de conseguir un futuro para su hermana, comenzaría a ahorrar para el suyo.

Madeleine la había llamado como cada semana y le había dicho que seguía buscando trabajo, a pesar de ser difícil cuidar a tres hijos y trabajar al mismo tiempo. Serena había sugerido a su hermana que regresara a Inglaterra. pero ella se había negado ya que sus hijos eran americanos como lo había sido su padre: su hogar estaba ya en los Estados Unidos.


Cuando miraba hacia el pasado, a Serena no le extrañaba que el matrimonio de su hermana hubiera fracasado como el de su propia madre. Tanto su padre como el marido de su hermana había tratado de privar a sus mujeres de la confianza en sí mismas; por aquella razón, sabía que, si Madeleine encontraba un trabajo, su autoestima se increnmentaría y podría ser una mujer más segura e independiente.

– ¿Has conocido a alguien interesante? -había preguntado su hermana en la última conversación.

A Serena le asombraba la capacidad que tenía su hermana de interesarse por los asuntos del corazón, a pesar del fracaso de su matrimonio. Pero lo que más le molestó fue el comprobar que el recuerdo de Leo volvía a su memoria y que su imagen la hacía estremecerse.

– No -había mentido.

Sin embargo, el mal estaba hecho y, desde aquel instante, no había podido deshacerse del pensamiento de Leo Kerslake. Incluso aquella misma noche, no pudo conciliar el sueño hasta las tres de la mañana. A la mañana siguiente, se levantó temprano para ir a trabajar a la banca Brookes y, desde el primer momento, todo le fue saliendo mal.



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