
Lindy, al ver que Serena iba derecha al despacho sin siquiera llamar a la puerta, corrió para ade
lantarse y abrió ella misma la puerta después de llamar.
– Serena Sweeting, señor Kerslake.
Serena se quedó petrificada en la antesala del despacho sin dar crédito a lo que había oído. Era imposible que el destino le hubiese jugado tan mala pasada.
– ¿Cómo? -dijo de forma estúpida-. ¿Qué nombre es el que he oído?
– Has oído bien -dijo Leo, mientras se levantaba de su sillón-. Gracias, Lindy -añadió, despidiendo a su secretaria con una mirada.
Lindy abandonó el despacho con una expresión de sorpresa en su rostro.
– Tú no eres el presidente -dijo Serena parpadeando, como si tuviera que convencerse de lo que tenía ante sus ojos.
– Es curioso, pero eso es lo que muchos de mis directivos querrían -replicó él, bromeando-. Desgraciadamente para ti y para ellos, soy el presidente de Erskine Brookes.
CAPÍTULO 3
– Yo soy una profesional en lo que me incumbe que es la cocina -aseguró ella, sin que Leo pareciera impresionado.
– Pues perdona que te diga que no pareces muy profesional en estos momentos -dijo él, mirándola de arriba a abajo.
La mirada de Leo hizo que Serena recordara que llevaba el delantal, el pelo recogido con una cuerda que había encontrado por la cocina. y que, probablemente, tendría manchas de harina en las mejillas.
