
Leo tendió la mano hacia una de las sillas que había en el despacho.
– Será mejor que te sientes -dijo y ella obedeció-. ció-. Debo también decirte que tampoco te comportas como una profesional. En este banco, los empleados no pueden entrar a trabajar con vaqueros y una camiseta, o con el pelo despeinado, y menos aún utilizar los ascensores de los clientes con bolsas de la compra.
– ¿Acaso en Erskine Brookes se deja a los empleados respirar sin tu penniso'? -replicó ella.
Sabía que él llevaba razón y que le estaba bien empleada la recriminación, pero Serena era demasiado testaruda y no iba a dejar que le echara un sermón sin protestar.
– Si recuerdas lo que pasó esta mañana, subí en el ascensor porque el de servicio está estropeado y las bolsas estaban llenas de comida para alimentar a tus directivos. No las llevaba por diversión. Y en cuanto a mis ropas, no veo qué puede importar lo que lleve en la cocina. Tengo que vestirme con ropa informal y cómoda, no querrás que me vista de largo por si el ministro de Economía aparece para probar mis pastelillos, ¿verdad'?
– Lo único que espero de ti es que te comportes de forma educada y profesional mientras estés en el banco -dijo Leo-. Si vuelves a hablarle a alguien como me has hablado a mí esta mañana, te despediré inmediatamente. Afortunadamente, hay dos factores a tu favor: el primero es que eres una excelente cocinera y el segundo que, por lo que he hablado con otros empleados, puedes llegar a ser encantadora. Me han dicho que hiciste un pastel especial para celebrar el cumpleaños de una de las empleadas de la limpieza y que ayudaste a la secretaria de Bob Chambers a preparar un postre para una cena en su casa a la que llegaba tarde por quedarse a trabajar más de la cuenta…
– Sí, lo sé, pero lo hice en horas extras; al banco no le perjudicó en absoluto -comenzó Serena a la defensiva.
