
Cuando, por fin, se dignó a acercarse a ella, lo hizo sin que Serena se diera cuenta, mientras se llevaba a la boca una pequeña salchicha. El momento tan poco oportuno y el sobresalto provocaron la cólera de Serena.
– ¿Siempre está de mal humor o es que algo va mal?
Sorprendida, Serena se atragantó y tuvo que toser por más que le pesara. Miró a Leo con una mezcla de resentimiento y vergüenza, incapaz de decir nada hasta que pudo tragar la mayor parte de la salchicha.
Él, sin embargo, parecía divertirse con los apuros de Serena.
– Me ha dado un susto -dijo ella por fin, acalorada.
– Lo siento -contestó él y, con la mayor naturalidad, limpió un trozo minúsculo de carne del hombro de Serena-. Se le ha escapado un poco -añadió con una sonrisa burlona.
Serena contuvo la respiración al notar el tacto de los dedos de Leo sobre su piel y dio un paso hacia atrás de forma instintiva.
– ¿Qué hace? -preguntó ella en un tono gélido.
– Tan sólo quería ser amable -dijo él sorprendido ante su reacción.
– Pues tiene una forma un poco especial de serlo, sobre todo, cuando no hemos sido presentados -explicó ella, sintiéndose muy incómoda.
– No creo que las presentaciones formales sean necesarias, ¿no le parece? Sé perfectamente quién es usted y usted sabe quién soy yo. Después de todo, estamos aquí por la misma razón, para apoyar a Candace y a Richard.
– Pues casi me engaña -dijo ella sin dejar mostrar frialdad-. Lo he visto todo el tiempo con las chicas más bonitas de la boda. No sé si eso también estará incluido en las obligaciones del padrino.
Serena se arrepintió enseguida de sus palabras, de la arrogancia en su tono de voz y de que el comentario no venía a cuento. Leo así se lo demostró con un gesto de burla.
– Por lo menos no ando por ahí con el ceño fruncido como otros -replicó-. Y todavía no ha contestado a mi pregunta.
