
– ¿Qué pregunta? -preguntó ella, mientras tomaba otra copa de champán de la bandeja que sostenía un camarero.
– Me pregunto por qué está tan de mal humor. -No estoy de mal humor.
– Pues lo parece -dijo Leo-. La he estado observando toda la tarde y no parece que esté pasándoselo muy bien.
– Es que odio las bodas -explicó ella, sorprendida por sus palabras-. No soporto tanto follón-añadió y sintió, muy a su pesar, que el alcohol estaba haciendo su efecto-. Supongo que lo que merece la pena son los votos que se han hecho Candace y Richard, porque todo esto -dijo y gesticuló con las manos-… todo esto no son más que tonterías.
– Muy elocuente -dijo Leo, dirigiéndole una mirada irónica-. Pero me temo que estaría más inclinado a creerla si no hubiera visto ya a otras mujeres perder sus principios cuando un hombre las lleva ante el altar.
– Yo no soy «otras mujeres» -señaló Serena. mirándolo con disgusto-. Y si no es partidario del matrimonio, ¿por qué ha sido el padrino de Richard?
– Soy partidario de esta boda -dijo él-. Sólo he visto una vez a Candace, pero creo que Richard y ella se complementan muy bien. Por cierto, usted también es un poco crítica con el matrimonio, ¿no cree? Si ha aceptado ser madrina, debía, por lo menos, mostrarse feliz.
– ¿Sería usted feliz vestido con un traje como éste? -dijo ella e hizo un gesto con la mano, de arriba a abajo.
Leo recorrió su cuerpo desde la cabeza a los zapatos de tacón azules y luego, volvió a mirarla a los ojos. Su rostro no era precisamente de los que levantan tempestades y, de no ser por ciertos rasgos algo duros, habría sido una mujer muy bella. Sus cejas estaban muy marcadas de tal forma que le daban un aspecto duro, lo mismo que su barbilla y la desafiante mirada de sus ojos verdes. -Horrible, ¿no es cierto'?
– Al vestido no le pasa nada, pero no es su estilo, nada más. De todas formas, no importa hacer un poco de esfuerzo por Candace.
