– Si, lo sé. Es tan terrible.

La Señora Simpson mezcló la masa, le dio forma de una barra de pan y la colocó aparte para levantarse. Limpiándose las manos, dijo:

– Tal vez venderá. Si la vendiese a una persona del pueblo, no tendrías nada por lo que preocuparte. Todo el mundo allí sabe que manejas a la perfección Stannage Park.

Henry saltó del mueble en que estaba encaramada, plantó las manos en sus caderas, y comenzó a caminar por la cocina.

– Él no puede vender. Está vinculado al título. Si no lo estuviese, el Sr. Carlyle me lo hubiera dejado.

– Oh. Bien, entonces vas a tener que esmerarte en llevarte bien con el Sr. Dunford.

– Ese hombre es Lord Stannage ahora, -Henry gimió-. Válgame Dios… El barón Stannage… él es el dueño de mi casa y él que va a decidir mi futuro.

– ¿Eso te aterra?

– Quiero decir que él es mi guardián, mi tutor.

– ¿Qué? -la señora Simpson dejó caer su rodillo de pastelero.

– Soy su pupila.

– Pero… Pero eso es imposible. Aún no conoces al hombre.

Henry se encogió de hombros.

– Son costumbres, Simpy. Las mujeres no tienen mucha materia gris, sabes. Necesitamos guardianes que nos guíen.

– No puedo creer que no me lo contaras.

– No te digo todo, ¿sabes?

– Casi, -bufó la señora Simpson.

Henry sonrió tímidamente. Era cierto que ella y el ama de llaves estaban más unidas de lo que uno esperaría. Distraídamente hizo girar los dedos sobre su larga cabellera de color castaño, una de sus pocas concesiones de vanidad. Habría sido más práctico cortarse el pelo, pero era grueso y suave, Henry no podría soportar separarse de él. Además, tenía el hábito de enroscarlo alrededor de sus dedos, mientras le daba vueltas a algún problema difícil, como estaba haciendo en esos momentos.

– ¡Espera un momento! -exclamó.

– ¿Qué?

– Él no puede vender el lugar, pero eso no quiere decir que tenga que vivir aquí.



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