La señora Simpson entrecerró los ojos.

– No comprendo que significa eso, Henry.

– Sólo tenemos que asegurarnos de que él absoluta y positivamente no quiera vivir aquí. No debe ser muy difícil. Probablemente es uno de esos tipos londinenses debiluchos. Pero ciertamente no podría ser difícil hacerlo sentir incómodo.

– ¿Qué diantres piensas, hacer Henrietta Barrett? ¿Ensuciar la habitación del pobre hombre, cambiarle de colchón?

– Nada tan burdo, te aseguro, -Henry se mofó-. Le mostraremos nuestra hospitalidad. Seremos la cortesía personificada, pero pondremos empeño en señalar que él no nació para la vida rural. Podría aprender a apreciar el papel de propietario ausente. Especialmente si le envío ganancias trimestrales.

– Pensé que inviertes las ganancias en la hacienda.

– Lo hago, pero sólo tendré que dividirlas por la mitad. Enviaré la mitad al nuevo Lord Stannage y reinvertiré el resto aquí. No me gustará hacerlo, pero será mejor que tenerle aquí.

La señora Simpson meneó la cabeza.

– ¿Qué exactamente piensas hacerle?

Henry hizo girar su dedo en el pelo.

– No estoy segura. Tendré que pensarlo un poco.

La señora Simpson miró el reloj.

– Mejor piensa rápido, porque estará aquí dentro de una hora.

Henry caminó hacia la puerta.

– Será mejor que me asee.

– Si no quieres conocerle oliendo a campo, -replicó la señora Simpson-. Y no a la parte con flores querida, tú sabes lo que quiero decir.

Henry le mostró una sonrisa abierta descarada.

– ¿Tendrás preparado el baño para mí? -Ante la inclinación de cabeza del ama de llaves, ella corrió arriba de la escalera de servicio. La señora Simpson estaba en lo correcto: olía bastante mal. ¿Pero, qué podría esperarse después de una mañana supervisando la construcción de la porqueriza nueva?

Había sido trabajo arduo, pero Henry había estado dispuesta, con mucho gusto a hacerlo -mejor dicho, admitió para sí misma, supervisarlo-. Meterse hasta las rodillas en el lodo y estiércol, no era exactamente un paseo.



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