– ¿Mi amor?

Belle aceptó su gesto con una sonrisa, pero cuando Dunford entró en el carruaje, ella dio la vuelta y rechifló,

– Voy a matarte por esto.

– Estoy seguro que lo intentaras.

El quinteto estuvo pronto acomodado en el carruaje nuevo. Después de algunos momentos, sin embargo, John y Belle se contemplaban arrobadamente al uno al otro otra vez. John puso su mano sobre la de ella y golpeó ligeramente sus dedos en contra de sus nudillos. Belle sonrió con satisfacción.

– ¡Oh, por el amor de Dios! -exclamó Dunford, dirigiéndose a Alex y Emma-. ¿Los veis? Cuando vosotros os casasteis no fue así de nauseabundo.

– Algún día, -dijo Belle en voz baja, hincándole un dedo-, encontraras a la mujer de tus sus sueños, y en ese momento voy a hacer tu vida miserable.

– No me asustas, mi estimada Arabella. La mujer de mis sueños es tal modelo de excelencia, que es posible que no exista.

– Oh, eres insufrible, -bufó Belle-. Apuesto a que dentro de un año estarás profundamente enamorado, encadenado con grilletes a tu pierna, y feliz por ello.

Ella se recostó con una sonrisa satisfecha. A su lado John se estremecía de regocijo.

Dunford se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas.

– Tomaré esa apuesta. ¿Cuánto estas dispuesta a perder?

– Tú vas a perder, y yo no ¿por cuánto te arriesgas?

Emma miró a John.

– Parece que te casaste con una mujer que disfruta de los juegos de azar.

– Si fueses yo, puedes estar seguro habría pesado mis acciones más cuidadosamente.

Belle le dio a su reciente marido un pinchazo juguetón en las costillas, dirigió una mirada a Dunford y le preguntó:

– ¿Bien?

– Mil Libras.

– Hecho.

– ¿Estás loca? -exclamó John.

– ¿Debo suponer que sólo los hombres pueden jugar juegos de azar?

– No puedes hacer esta tonta apuesta, Belle, -dijo John-. Vas a perder, ya que el hombre con quien has hecho la apuesta controla el resultado. Tu sólo puedes perder.



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