
– Hay caballeros aquí en Cornualles, con los que te podrías casar, -le dijo-. Bastantes en los pueblos cercanos. Podrías casarse también con uno de ellos.
Henry se mofó.
– No hay nadie que me parezca atractivo y conoces a la gente de aquí, es simple. Además, nadie se casaría conmigo. No tengo uno chelín ahora que Stannage Park la tiene esté desconocido, todos ellos piensan soy un fenómeno hombruno.
– ¡Por supuesto que no lo hacen! -contestó rápidamente la señora Simpson-. Todo el mundo te admira.
– Ya sé-Henry contestó, girando sus ojos grises hacia la ventana-. Me admiran como si fuera un hombre, y por eso estoy agradecida. Pero los hombres no quieren casarse con otros hombres, sabes.
– Quizá si llevaras puesto un vestido…
Henry miró hacia sus gastados pantalones.
– Me pongo un vestido. Cuando es apropiado.
– No puedo imaginar cuándo fue eso, -bufó la señora Simpson-, desde que te conozco nunca te he visto en uno. Ni siquiera en la iglesia.
– Qué hecho tan afortunado para mí que el vicario sea un caballero muy liberal.
La señora Simpson dirigió una mirada sagaz hacia la joven.
– Qué hecho tan afortunado para ti, que al vicario le gusta el brandy francés que le envías una vez al mes.
Henry se hizo la sorda.
– Llevé un vestido para el entierro de Carlyle, si recuerdas. Para la fiesta del condado el año pasado. Y cada vez que recibimos a los invitados. Tengo al menos cinco en mi armario, muchas gracias. Oh, y también me los pongo cuando vamos al pueblo.
– No lo haces.
– Pues bien, puede ser que no para nuestra pequeña villa, pero lo hago cada vez que voy a algún otro pueblo. Pero cualquiera estaría de acuerdo que son de lo más imprácticos cuando reanudo mis actividades normales supervisando la hacienda. -Sin mencionar, pensó Henry torcidamente, que con ellos se veía terrible.
