
Apenas le interesaba el resto del mundo y se encerró en su despacho, dejando a un lado el control de la hacienda y la casa.
Henry inmediatamente entro en acción. Amaba tanto a Stannage Park y no iba dejar que se malograse, además, tenía ideas firmes de cómo debía ser manejada la propiedad.
Los pasados seis años ella había sido no sólo la señora de la heredad sino también el señor, universalmente aceptada como la persona a cargo. Y a ella le gustaba su vida simplemente así.
Pero Carlyle había muerto, la hacienda y la casa habían pasado rápidamente a algún primo lejano en Londres que probablemente era un petimetre. Él nunca había ido a Cornualles antes, pensó Henry, olvidándose convenientemente de que ella llegó allí sólo cuando murieron sus padres. Ella habia llegado alli doce años antes.
– ¿Cuál era su nombre? -preguntó otra vez la señora Simpson, mientras cogía la masa y empezaba hacer el pan.
– Duford o Dunford, -dijo Henry asqueada-. No quisieron darme su nombre de pila, Aunque supongo que no tiene importancia ahora que es Lord Stannage. Él probablemente insistirá en que usemos el título. La aristocracia usualmente lo hace.
– Hablas como si como no pertenecerías a esa clase, Henry. No pongas mala cara al caballero.
Henry suspiró y tomó otro mordisco de su manzana.
– Él probablemente me llamará Henrietta.
– Debería. Estás mayor para llamarte Henry.
– Tú me llamas Henry.
– Soy demasiado vieja para cambiar. Peor ya no eres una niña. Ha pasado el tiempo Y es preciso que encuentres un marido.
– ¿Y hacer qué? ¿Irme de Inglaterra? No quiero dejar Cornualles.
La señora Simpson sonrió, para señalar que Cornualles era ciertamente una parte de Inglaterra. Henry quería tanto la región que no podía pensar acerca de ella como perteneciente a un lugar mayor.
