Era rubia, joven, ojerosa. Su mirada expresaba fatiga o preocupación.

– No sé. Tenemos que preguntar en portería.

– ¿Y llamados telefónicos?

– ¿Espera alguno ansiosamente? No sé para qué pregunto, si no me va a decir… En verdad no hay ninguna razón para que usted oculte algo a su enfermera. Mientras lo tengamos acá es cariñoso, pero en cuanto ponga un pie en la calle me olvida. Muy triste.

A la enfermera de la noche -voluminosa y maternal- repitió las preguntas.

– Habría que hablar con Larquier.

– ¿Quién es Larquier?

– La que se fue hace un rato, la del turno de día. De noche no se aceptan visitas y los llamados que hay son generalmente de urgencias. Sin embargo, me parece que en las primeras noches lo llamó una dama.

– ¿Chantal Cazalis?

– Claro. Después lo confirmo. Tengo anotada la llamada.

– ¿Ahora puedo recibir visitas?

– Puede recibir a quien tenga ganas.

En la mañana del día siguiente dijo a la enfermera Larquier:

– Si viene una señorita rubia la hace pasar.

A la tarde Maceira recibió su primera visita. Un periodista, que le preguntó:

– ¿Está mejor? ¿Cree que podría contestar a unas pocas preguntas? No quiero cansarlo.

– Pregunte -contestó Maceira.

Recapacitó: «Debo pensar a toda velocidad. ¿Cuento o no cuento lo que pasó en el fondo del lago? Si digo que no vi nada y que tiré de la cuerda porque me sentí mal, lo que pasó allá abajo quedará como un misterio, pero yo no habré dado un solo argumento en favor de la clausura de la fábrica y cuando nos casemos y recibamos toda la fortuna del señor Cazalis, menos los impuestos, me sobrarán motivos para felicitarme, pero ¡qué diablos! aunque sea por una vez en la vida quiero ser leal a la mujer que el destino pone a mi lado. Si lo que digo ahora provoca el cierre de la fábrica y un día me arrepiento de no haber mentido, no importa; por una vez quiero ser leal, ciegamente leal».



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