
Cuando por fin iba a dar el paso, aparecieron dos luces de un azul amarillento, en la mitad superior de la boca del túnel. Creyó que eran faros para la niebla. Faros de forma ovalada, como los ojos de un gato enorme. De pronto advirtió, no sin preocupación, que los faros se movían, avanzaban, con extrema lentitud. Tuvo tiempo de imaginar algo inverosímil: un camión «¡allá en el fondo del lago!» que de repente iba a acelerar para atropellarlo. Él se mantenía listo y, en su momento, se haría a un lado y tiraría dos veces de la cuerda. Tuvo tiempo, también, de ver cómo se deslizaba hacia fuera del túnel un larguísimo animal, una enorme oruga azul, con ojos de gato; una enorme oruga que diligentemente, pero sin apuro, devoraba uno después de otro, al señor Cazalis, al zoólogo, al botánico. Quizá porque los hechos ocurrieron en silencio le dejaron un recuerdo que no le parecía del todo real. No impidió esto que se asustara, como una apretada serie de tirones de la cuerda lo evidenciaron. Tan frenéticos fueron que el marinero se alarmó. Por lo menos reaccionó como si estuviera alarmado o irritado: olvidando toda precaución, izó a Maceira lo más rápidamente que pudo. Para exonerarlo de su culpa podría alegarse que si él hubiera sido menos expedito, Maceira no hubiese escapado a la oruga. Llegó enfermo a la superficie, con la cara cubierta de magulladuras por golpes contra la quilla del bote. No hablaba, no contestaba a las preguntas. Gemía, se llevaba las manos a la cabeza.
En la Asistencia Pública de Chambéry recibió los primeros cuidados, pero muy pronto lo enviaron al hospital de Aix, donde había una cámara de descompresión.
Pasados unos cuantos días, mejoró.
– En todo el tiempo que estuve en este hospital ¿nadie vino a verme? -preguntó a la enfermera.
