
– ¿Te importa llamarlo y decirle que venga esta misma noche? -le pidió Tracey.
– No me importa. Pero si de veras estás dispuesta a dar este paso, deberías ser tú quien lo llamara. Si se encuentra con una mujer capaz de controlar sus sentimientos y de comportarse como una persona normal, le resultarás el doble de convincente -le aconsejó-. Tracey, te lo digo por tu bien.
– Lo sé. Y nunca podré agradecértelo lo suficiente -le dijo dándole un abrazo.
– Has luchado mucho por sobrevivir y ya no te queda casi nada para volver a tu casa. Rezaré por ti -le dio una palmada en la espalda-. Voy a decirle a Gerard que te traiga un teléfono a la habitación para que puedas hablar totalmente en privado.
– Gracias, Louise.
– Buena suerte.
Tracey iba a necesitar mucho más que buena suerte para enfrentarse con su marido. Después de que Gerard le trajera el teléfono, Tracey pasó varios minutos intentando reunir valor para descolgar el auricular.
Sabía bien que tenía que hablar con Julien para salir del hospital; así que, finalmente, empezó a marcar su número de teléfono, el cual se sabía todavía de memoria.
Solange descolgó. ¡La buena de Solange! Llevaba muchísimos años como asistenta de los Chapelle.
– ¡Tracey, cariño! -exclamó Solange al reconocerle la voz. Luego le dijo que Julien, después de dejar en casa a Rose, se había marchado disparado en el coche, y le preguntó si quería hablar con su tía.
Tracey no se sentía con ganas de hablar con ella en esos momentos y le dijo a Solange que volvería a llamar más tarde. Colgó y marcó el teléfono del trabajo de Julien. Solía ir allí cuando algo lo inquietaba. Eran las 22:45. De estar en la oficina, estaría solo.
– ¿Sí? -respondió una voz después de seis pitidos.
