
De pronto, Tracey no sabía qué decir, hasta que, después de tragar saliva, preguntó por Julien.
– ¿Eres tú, Tracey? -preguntó su marido.
– Sí. Soy yo.
– No imaginas cuanto tiempo llevo esperando este momento -dijo en un tono en el que se mezclaba el amor, la tensión y otros muchos sentimientos-. ¿De veras eres tú, preciosa mía? ¿No estoy alucinando?
– No, soy yo. De verdad. Siento haberme puesto enferma delante de ti esta tarde. Louise dice que, a veces, algunos recuerdos…
– ¿Quieres decir que…? -la interrumpió.
– Julien -dijo Tracey sin dejarle acabar la frase-. Tenemos que hablar.
– Voy en seguida.
– ¡No! -exclamó presa de un súbito pánico-. Esta noche no.
«No puedo verte esta noche. Pensaba que podía, pero no. Necesito descansar para estar preparada», pensó Tracey.
– Después de todos estos meses, todo el tiempo rezando por oírte decir mi nombre, deseando que no me hubieras olvidado… ¿me pides que siga esperando? -preguntó con tono de desesperación.
– Lo siento. Es que estoy muy cansada. Preferiría que vinieses mañana por la mañana.
– Imposible, he estado a tu lado durante meses, viéndote tumbada, esperando… Voy ahora mismo, pero te juro que no te despertaré si estás dormida. Sólo quiero estar contigo en tu habitación. ¿Es eso mucho pedir, amor mío?
«Sí, es mucho; pero, ¿cómo puedo negarme?», se preguntó Tracey.
– No, está bien -respondió finalmente.
– Hasta luego, pequeña.
Tracey colgó el auricular. Sabía que ya sí que no conseguiría dormirse; no mientras él estuviera observándola en su habitación. No podía estar segura de que Julien no fuera a intentar abrazarla y besarla; no, si estaba tan emocionado como parecía.
Le gustara o no, tendría que hacerle frente en breves instantes, así que tenía que vestirse para poder recibirlo en la sala de espera. Prefería verlo allí, para que Julien no gozara de la intimidad que desearía.
