
Se fue al baño inmediatamente para darse una ducha. No había tiempo que perder. A esas horas de la noche apenas habría tráfico. Julien no tardaría en llegar al hospital con su Ferrari.
Como a él siempre le había gustado que se dejara el cabello suelto, Tracey se lo recogió en un moño como el de su tía y se puso una blusa y una falda muy funcionales para que casi pareciera un encuentro de negocios.
Prescindió de colonias y maquillajes. Quería tener buen aspecto para que Julien se convenciera de que se encontraba bien; pero no deseaba estar atractiva.
– ¿Gerard? -preguntó cuando salió a la sala de espera.
– ¿Qué haces aquí a estas horas? -preguntó sorprendido.
– Estoy esperando a mi marido.
– ¿Te apetece una taza de té?
– Mejor cuando venga, ¿no te importa?
– Lo que tú quieras.
Tracey tomó asiento en una de las sillas y empezó a hojear una de las revistas que había en la mesa de enfrente, sin apenas ver las fotos ni las palabras de nerviosa que estaba.
Cada vez que oía una pisada en los pasillos de su planta, el corazón le daba un vuelco.
– ¿Preciosa? -la llamó finalmente su marido. Había llegado hasta ella con mucho sigilo y la había sorprendido.
Tracey sabía que tenía que mirarlo y, cuando lo hizo, notó algunos cambios en su aspecto: empezaba a tener arrugas en la frente, llevaba el pelo más largo y estaba más delgado, aunque, de algún modo, parecía más fuerte. Sea como fuere, resultaba más atractivo y perturbador que nunca.
Sabía que él estaba esperando a que se levantase para darle un fuerte abrazo, como solía hacer tiempo atrás. La presencia de Julien despertaba en Tracey tal amor y pasión que ésta no podía disimular sus sentimientos, a pesar de que no estaban a solas.
– Me alegro de verte -lo saludó con tanta serenidad como pudo-. Siéntate. Gerard me ha dicho que nos prepararía un té en cuanto llegaras.
– ¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de doces meses infernales? -le preguntó Julien aún de pie.
