– Lo suponía. Por eso quiero que me lo dibujes. Recuerda que sólo sería un trozo de papel: no podría hacerte daño -la animó Louise mientras le ofrecía una hoja y un lápiz.

– Si lo hago, ¿me dejarás pasear un rato por los alrededores? -preguntó Tracey después de vacilar unos segundos.

– Tracey, estoy haciendo lo posible para darte de alta y que lleves una vida totalmente normal. Pero, ¿cómo quieres que te deje salir fuera, donde hay todo tipo de animales, si le tienes tanto miedo a uno de ellos?

– Tienes razón. No puedes -admitió suspirando-. Está bien… Lo haré; pero conste que no me agrada en absoluto.

Le temblaban las manos, pero, aun así, empezó a dibujar aquella criatura terrible que la amenazaba constantemente cada vez que cerraba los ojos y se dormía; sólo podía librarse de ella despertándose y, entonces, se sorprendía gritando y con un río de sudor corriéndole por todo el cuerpo.

– ¡Ya está! -exclamó entregándole el dibujo a Louise. Ésta lo recogió sin mirarlo. Luego sacó una chocolatina y se la ofreció a Tracey-. La Maison Chappelle. Fabrique en Suisse -leyó el envoltorio en voz alta.

– Chocolates «Chapelle House» -explicó Louise-. ¿Te suena haber probado esta marca antes?

– Sí -contestó convencida. Frunció el ceño-. Ese nombre, Chapelle…

– Tu padre fue el representante de Chapelle House en los Estados Unidos hasta que se murió.

– Es la segunda vez que nombras a mi padre. El otro día…

– ¿Te acuerdas de él? -la interrumpió Louise.

– No. Pero el nombre Chapelle me resulta familiar.

– Puede que sea porque se trata de los chocolates más ricos y famosos de todo el mundo. Chapelle House tiene más de cien años. Es una compañía de mucho prestigio. Vamos, prueba.

Tracey se metió uno de los cuadraditos en la boca y tuvo la sensación de haber vivido esa situación con anterioridad.

– ¡Qué rico! Es de avellana; el que más me gusta. ¿Cómo lo sabías?



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