
– Tengo poderes.
– ¿Ah, sí? -sonrió Tracey-. Pues adivina qué otro chocolate me encanta.
– Pues… espera un momento… Chocolate blanco con nueces.
– ¿De verdad tienes poderes? -preguntó Tracey asombrada.
– No. Cuestión de suerte. Simplemente, a mí me gustan las nueces, eso es todo. Te traeré una tableta la próxima vez -Louise se levantó y la miró unos segundos-. Y ahora tengo otra sorpresa para ti. Fuera hay una mujer que tiene muchas ganas de verte. Claro que si no te sientes preparada para ver a nadie, basta con que lo digas.
– ¿La conozco? -preguntó Tracey con curiosidad.
– Sí. No ha dejado de preguntar por ti y te quiere mucho. Mira: una foto suya -dijo Louise.
Al principio, Tracey no reconocía a aquella elegante mujer; pero, después de mirarla con detenimiento, sus rasgos faciales parecieron despertar algún tipo de recuerdo en ella.
– ¡Es mi tía Rose! -exclamó cuando por fin la identificó.
– Exacto -corroboró la doctora con satisfacción-. Pronto recuperarás toda la memoria. Sí, esa mujer es tu tía Rose Harris. Estabas viviendo con ella cuando sufriste el accidente. ¿No te acuerdas?
– No. No me acuerdo de nada. Pero la cara sí me suena vagamente -respondió. Luego empezó a acariciar la foto de su tía, cuya expresión se parecía muchísimo a la de su propia madre. De pronto, la imagen de su padre se le vino también a la cabeza-. ¡Papá! -exclamó sin poder evitar que se le saltaran las lágrimas: acababa de recuperar un sinfín de recuerdos de su juventud, de su hermana y de sus padres, de un verano feliz en el campo…
Algunos recuerdos eran tan dolorosos, llevaban tanto tiempo reprimidos, que Tracey no podía asimilarlos, de modo que, de repente, se sumió en una tristeza profunda e inconsolable, que no podía expresar con palabras.
– Quiero ver a mi tía. Tengo que verla -afirmó finalmente-. Déjame salir contigo -le suplicó Tracey, ansiosa por reencontrarse con Rose Harris, que la había acogido, al igual que a su hermana Isabelle, después del accidente aéreo en el que habían muerto sus padres.
