
– Está en la sala de espera -le dijo Louise mientras le abría la puerta.
– ¡Rose! -exclamó Tracey cuando la vio al salir al pasillo.
– ¡Tracey, cariño! -replicó su tía mientras se daban un caluroso abrazo entre sollozos emocionados-. ¡Por fin! ¡Recuerdas como me llamo!
– Louise me acaba de enseñar una foto tuya y te he reconocido en seguida -dijo Tracey. Luego se separaron para secarse las lágrimas.
– Hace cuatro meses los médicos decían que no había esperanzas; pero estás aquí, viva, más sana y guapa que nunca. Es un milagro.
– Al paso que está recuperando la memoria, podrá volver a casa dentro de nada -terció Louise-. Y ahora, os dejo a solas para que habléis con tranquilidad.
– Gracias -dijo Rose mientras Tracey miraba a su tía: tenía sesenta años, pelo moreno y se parecía mucho a su madre y a su hermana; sin embargo, mientras que las dos mujeres mayores tenían ojos marrones, los de Isabelle eran azules. Los de Tracey eran verdes y, bajo unas cejas muy negras, armonizaban con su cara ovalada de rasgos clásicos y con su rubio cabello-. Vamos a tu habitación. Allí podremos hablar en privado. Tenemos que recuperar cuatro meses de silencios.
– ¿Qué tal está Isabelle? ¿Cómo están Bruce y Alex? Acabo de recordar que tengo una hermana casada y un sobrino.
– ¿Qué quieres que conteste antes? -preguntó Rose no bien hubo cerrado la puerta de su habitación.
– Las dos cosas. Ven, siéntate a mi lado -dijo eufórica mientras reforzaba su invitación con un gesto de la mano hacia el sofá. Parecía que estaban en un lujoso hotel en vez de un hospital-. Venga, cuéntamelo todo.
– Bueno… -vaciló Rose jugueteando con su pelo-. A tu hermana le gustaría estar aquí, pero no se encuentra muy bien ahora mismo.
– ¿Está grave?
– No, ¡qué va! -dijo con cautela.
