
– ¿Que no estamos en San Francisco? -preguntó Tracey asombrada, preocupada por no haberse dado cuenta por sí sola-. Sí, seguro que estoy loca.
– ¡Que no, cariño! ¡De verdad!
– No me extraña que Louise no me deje salir de aquí todavía. Soy como un bebé recién nacido que no sabe nada -afirmó llorando-. Quizá nunca me recupere y no pueda marcharme de este hospital.
– Calla, no hables así. Estabas muy grave y has sobrevivido, cosa que muchos no habrían logrado. Has trabajado muy duro por recuperar tu memoria y lo has hecho tan rápidamente que has sorprendido a todo el personal médico del hospital. ¡Es normal que estés un poco desorientada aún! Todavía tienes que readaptarte al mundo exterior. Pero, cariño, eso no importa.
– Claro que importa. Tenía que haberme dado cuenta de inmediato. Mira los muebles de la habitación. No son que se diga del más puro estilo californiano… ¿Dónde estoy exactamente?
– En Lausana.
– ¿Lausana?
– Sí.
– La ciudad a la que van los dementes con las enfermedades irreversibles. La ciudad cuyas clínicas son tan caras que tienes que ser una estrella de cine o un magnate empresarial para empezar a pagarlas… ¿Es ahí donde estoy, tía Rose? ¿En uno de esos maravillosos hospitales que han acabado con tu pensión y con la herencia que papá nos dejó a Isabelle y a mí?
– Estás en un hospital que te va a ayudar a recobrarte por completo. Eso es lo único que importa -le dijo acariciándole una mejilla.
– No es lo único si por mi culpa te has quedado sin dinero. No podría soportarlo; no después del sacrificio que hiciste: de no haber sido por nosotras, podrías haberte vuelto a casar.
– Eso no es cierto, Tracey. Yo no quería casarme con Lawrence. Simplemente éramos buenos amigos.
– No me lo creo -denegó con la cabeza-. Y no quiero ni ver la monstruosa factura de lo que está costando mi estancia aquí. Ahora mismo hago las maletas y me marcho en avión a San Francisco. Alquilaré un apartamento, buscaré un trabajo y así podré empezar a devolverte el dinero.
