
– Eso es precisamente lo que no vas a hacer -replicó Rose con firmeza.
– Sé que harías cualquier cosa para protegerme, tía Rose. Pero ya soy una mujer. La doctora me ha dicho que no puedo marcharme de aquí hasta que no esté preparada para el mundo real otra vez -se detuvo para tomar aliento-. Pues pagar lo que una debe forma parte de la vida real. Después de cuatro meses de gastar tu dinero y mantenerte alejada de Lawrence, ya va siendo hora de que empiece a justificar mi existencia.
– Tracey… Jamás podría casarme con Lawrence; no después de todo lo que compartí con tu tío. Además, Lawrence murió hace tres meses de un ataque al corazón.
– ¡Tía Rose! -exclamó Tracey apenada. Le dio un abrazo-. Lo siento. Lo siento mucho.
– No lo hagas. Ahora estará reunido con su mujer. Tú eres la única persona que importa en estos momentos -sentenció con nerviosismo.
– Pareces alterada. ¿Algo va mal?
– Nada. Por eso me molesta tanto que te sofoques sin necesidad por el dinero. Ha sido… otra persona la que ha estado pagando tu estancia aquí todo este tiempo; así que no tienes que preocuparte por mí.
«¿Otra persona?», se preguntó muy extrañada.
– Tía Rose, ¿a quién conoces que tenga tanto dinero y que, además, esté dispuesto a pagar tanto dinero por mí?
– Yo puedo responderte a eso -contestó en tono aterciopelado una voz masculina.
Tracey empezó a sentir un sudor helado por todo el cuerpo; estaba angustiada y era incapaz de darse la vuelta, porque aquélla era la voz que la atormentaba en sus pesadillas.
– ¡Julien! -exclamó tía Rose, haciéndole gestos para que saliera de la habitación.
El mero hecho de oír aquel nombre descompuso a Tracey. No tenía que ver a aquel hombre para recordarlo. Sabía que sería moreno, de ojos negros, alto y delgado, arrebatadoramente varonil. A su lado, cualquier hombre parecería insignificante. Tracey lo amaba más que a su propia vida… Pero era un amor prohibido.
