
Sólo la promesa de su futura carrera, que le daría la independencia que ansiaba, le haría soportable el pensamiento de tener que volver a Santa Mónica.
Andrew Cordell entró en el dormitorio de Randy y silbó cuando vio a su hijo de dieciocho años mirándose al espejo con su nuevo traje de buceo negro y rosa, con su máscara y aletas. Randy se lo había comprado con motivo de las vacaciones que iban a pasar en las Bahamas.
– Corta ya, papá -exclamó Randy sonriendo y arrojándole una bolsa, que su padre atrapó en el aire-. Me dijiste que comprara todo lo que necesitáramos, así que compré un equipo idéntico para los dos. Son perfectos para la temperatura del agua de por allí. Pruébate el tuyo para ver cómo te queda.
– Como confío en tu buen juicio, creo que esperaré a que lleguemos a Nassau mañana.
– Hey, papá, no tienes que avergonzarte. Eres un tipo de treinta y siete años que ya pasa de todo. Todavía tienes buen aspecto.
– ¿He oído correctamente? ¿Es que mi único heredero me está alabando por algo?
– Sí. En realidad, Linda, la otra instructora de buceo, está bastante interesada en ti.
– ¿Linda? No la recuerdo.
– Menos mal que no te ha oído decir eso. No para de pedirme información acerca de mi famoso padre. Dice que le recuerdas a Robert Redford cuando era joven, pero que estás mucho mejor. Esas fueron sus palabras exactas, te lo juro -dijo Randy gesticulando con las manos-. Tía Alex dijo exactamente lo mismo delante de tío Zack cuando fuimos a Hidden Lake el año pasado y él casi se salió de la carretera.
