
– ¿Ah, sí? -bromeó Andrew.
Todavía le parecía divertido que su cuñado, Zackary Quinn, el solterón más confirmado de toda Nevada hasta que Alexandra Duncan se cruzó en su camino, estuviera ahora felizmente casado. Zack estaba tan enamorado que no podía soportar no tener siempre a la vista a su pelirroja, hermosa y embarazada esposa.
– Sí.
Randy le sonrió de una forma que siempre le recordaba a Wendy y sintió el ya habitual destello de dolor, aunque su esposa llevaba ya tres años muerta.
– ¿Has empezado ya a hacer las maletas? -añadió Randy.
Andrew miró suplicantemente a su hijo.
– Creía qué ibas a venir a ayudarme. Me temo que…
– Te temes que la reunión que has tenido con tus jefes de departamento se ha prolongado más de lo que esperabas. Tenías muchas cosas que dejar listas porque nos vamos dos semanas -dijo Randy, bromeando.
Andrew sonrió a su hijo, que sólo era dos o tres centímetros más bajo que él, que medía casi un metro noventa, dándose cuenta como nunca antes de lo mucho que lo quería. También estaba orgulloso de él, por aceptar un trabajo después del colegio en la tienda de equipos de submarinismo e ir a clases de buceo por las noches, clases que se pagaba con sus propias ganancias. Randy había logrado el título que le permitía bucear en mar abierto y le gustaba mucho, por lo que había convencido a Andrew de que se sacara el título también.
Andrew se había apuntado a ese curso de seis semanas para estar más con su hijo, nunca se le había ocurrido que se haría un adicto a ese deporte. Lo que más le gustaba de él era la sensación de ingravidez, pero lo más importante era que bucear le resultaba tremendamente relajante y creaba camaradería, lo que había ayudado a que su hijo y él estuvieran más cerca todavía.
Ahora que estaban en el mes de junio y Randy se había graduado en el instituto, Andrew estaba tan excitado como su hijo por la que iba a ser su primera aventura real bajo el agua; era su regalo de posgraduación para Randy y una forma perfecta para olvidarse de los líos de su oficina política.
