
– Eso es lo que te estoy diciendo siempre. Tres semanas es un largo tiempo. Llámame o me volveré loca pensando cómo estás.
– Te llamaré, pero seguramente tú estarás fuera con Doug. Tal vez debieras ser tú la que me llame porque seguramente estaré todas las noches en mi habitación después del trabajo, agotada.
– ¿Quieres apostarte algo? Escúchame, Lindsay Marshall. Eres como una luz brillando sobre una colina. Atraes a los hombres quieras o no. Y, una vez que esos anuncios aparezcan en la televisión, dirán que eres la Esther Williams de los noventa y los contratos te lloverán. Los hombres caerán rendidos a tus pies y nunca más te volveré a ver.
Lindsay se rió.
– Tú sabes mejor que nadie que la vida de una artista de cine no me atrae en absoluto. Voy a hacer esto por dinero y así poder seguir estudiando, por nada más. Ahora no tengo tiempo para los hombres.
– Famoso epitafio -dijo Beth mientras se marchaba y tomaba luego la curva de la terminal a una velocidad que sólo los conductores de Los Ángeles podían hacer sin sufrir un accidente.
Lindsay estuvo agitando la mano hasta que el coche de su amiga se perdió de vista.
Una vez que el avión hubo despegado sacó del bolso una novela de misterio y se dispuso a disfrutar de ella. Pero el problema no resuelto con sus padres le impidió concentrarse y dejó a un lado el libro y se dedicó a mirar por la ventanilla.
Sus padres la habían estado llamando todos los días durante la semana anterior, suplicándola que no aceptara el trabajo. Sólo el día anterior por la noche su padre la había llamado para decirle que su madre estaba en la cama con una fuerte migraña, que era su forma de ejercer presión sobre ella.
Pero ninguno de sus trucos había logrado que no se fuera de la casa familiar hacía dos años y ahora se negaba a que la manipularan. Por mucho que los amara y supiera que ellos la amaban a ella, no iba a permitirlo. Deseó por enésima vez que hubieran tenido más hijos con los que compartir su atención.
