
– Yo también me alegro mucho de verte -sonrió Sophie, mirando a su mejor amigo.
Por acuerdo tácito, se acercaron a la valla desde la que podía verse todo el valle. Tenía la altura perfecta para apoyar los brazos y, en el pasado, habían mantenido muchas charlas apoyados en ella.
– ¿Cómo va todo? -preguntó Bram. La contestación de Sophie fue una mueca-. ¿Pasa algo?
– Bueno… pasa de todo -suspiró ella.
Sin preocuparse del musgo, Sophie apoyó los brazos sobre la valla y miró hacia el valle, pensativa. Era de un color marrón muy triste en aquella tarde de noviembre, pero al menos allí se podía respirar. Pensó entonces en el pequeño apartamento que compartía en Londres, donde la única vista eran los patios de cemento o la calle, siempre llena de coches.
Entonces respiró profundamente. Olía a brezo, a ovejas y al humo de la leña que se quemaba en el pueblo, acurrucado en aquel valle del norte de Yorkshire, y poco a poco y sin darse cuenta, Sophie empezó a relajarse.
Siempre le pasaba lo mismo en la granja Haw Gilí. Había algo especial en el aire. Llegaba nerviosa, angustiada, desesperada a veces, pero en cuanto respiraba profundamente el aire fresco, las cosas no le parecían tan horribles.
– Lo de siempre, ¿no? -sonrió Bram. Y Sophie tuvo que sonreír.
A Bram nada le sorprendía, nada lo enfadaba. Resultaba asombroso que hubieran sido amigos durante tantos años siendo tan diferentes. Ella era caótica y turbulenta; él, un hombre pausado, de pocas palabras. Bram era reflexivo y considerado, mientras ella era dada a la exageración y los dramatismos. A veces él la volvía loca con su serenidad, pero Sophie no conocía a nadie más honesto ni más maduro. Bram era su roca, su amigo más antiguo, y siempre la hacía sentir mejor.
– No me hagas reír. Se supone que aún no debo sentirme mejor… por lo menos tengo que llorar un poco y contarte qué me pasa.
