
– Es decir, lo de siempre -sonrió Bram.
– Te ríes de mí, pero en este momento todo me va fatal -suspiró Sophie. El viento lanzaba los rizos sobre su cara y Bram la vio apartárselos con una mano. El pelo de Sophie, siempre había pensado, era un poco como su personalidad: salvaje y algo indómito. O uno podía decir, como hacía su madre, que era descontrolado y anárquico.
Mucha gente sólo veía esa parte y no la suavidad o lo inusual del color. A primera vista, el pelo parecía de un castaño oscuro normal y corriente, pero si uno lo miraba de cerca veía mechas doradas y cobrizas cuando le daba el sol.
La personalidad de Sophie estaba reflejada en su cara: interesante, más que guapa, con los ojos brillantes, de un color entre verde y gris. Bram siempre pensaba en un río, cuyos colores cambiaban dependiendo de la luz y de la estación. Tenía una boca alegre y una barbilla que revelaba lo obstinado de su carácter… lo que la había llevado a pelearse continuamente con su convencional madre desde que era pequeña.
– Soy un fracaso en todo -suspiró Sophie entonces, sin percatarse de su escrutinio-. Tengo treinta y un años -empezó a decir, contando los problemas con los dedos-. Vivo en un apartamento alquilado que no me gusta nada y estoy a punto de perder mi trabajo… así que ahora ni siquiera podré pagar ese apartamento que no me gusta nada. He perdido al amor de mi vida y mis ambiciones de tener una brillante carrera como artista se han ido por la ventana ya que la única galería a la que pude convencer para que expusieran mis cerámicas ha cerrado -Sophie suspiró de nuevo-. ¡Y ahora me están chantajeando!
Bram levantó una ceja.
– Eso no suena bien.
– ¿No suena bien? -repitió ella, mirándolo con una mezcla de resentimiento y afecto. Con sus pantalones sucios, sus botas llenas de barro y su jersey roto, Bram parecía exactamente lo que era: un campesino, un granjero de cuerpo poderoso debido al trabajo físico y un rostro normal y corriente-. ¿Eso es lo único que vas a decir?
