– Será del Land Rover. Me ha traído Bram.

Una vez olvidada la absurda idea del matrimonio, habían estado hablando de otras cosas. Bram no había intentado hacerla cambiar de opinión y Sophie se alegró. Porque había estado peligrosamente cerca de decir que sí y, aunque sabía que había tomado la decisión correcta, tenía la impresión de que si hubiera insistido un poco habría terminado por aceptar su oferta.

De modo que todo era como antes. O casi. Sophie había notado cierta tensión en el interior del Land Rover mientras la llevaba a casa.

– Entonces, quizá nos veremos en Navidad -se había despedido Bram. No le había pedido que reconsiderase su oferta. Nada, ni una palabra más.

De modo que ya estaba.

– Me alegro de que no te haya dejado venir sola -suspiró Harriet-. Al menos Bram es sensato.

Bram siempre había sido sensato. Y por eso era más asombroso que se le hubiera ocurrido la idea de casarse con ella.

– Ni siquiera son las siete, mamá -protestó Sophie, siguiendo a su madre hasta la cocina mientras intentaba quitarse de la cabeza tan extraña proposición.

La cocina de la granja Glebe no podía ser más diferente de la de Bram. En lugar de sillones cómodos y estufas de leña, había superficies de acero y modernos electrodomésticos que Harriet había instalado cuando abrió su negocio de comidas caseras. Pero el negocio se había ampliado y sus padres tuvieron que construir una cocina industrial anexa a la casa, donde su madre controlaba a cinco mujeres del pueblo con la despiadada eficiencia de una licenciada en Harvard. El más claro ejemplo de la mano de hierro en el guante de seda.

– ¿Qué tal está Bram, por cierto? -preguntó Harriet entonces-. Supongo que las cosas no será fáciles sin Molly.

– Sí, bueno, se las arregla.

– Tiene que buscar una esposa -suspiró su madre, mientras pasaba el rodillo por un rectángulo de masa pastelera.



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