– Tú mereces algo mejor que un segundo plato -contestó ella-. Mereces alguien que te quiera con todo su corazón, y estoy segura de que, tarde o temprano, conocerás a una mujer así. Tú serás su roca y ella será tu estrella y seréis felices para siempre. Y entonces me agradecerás que no me casara contigo -Sophie se levantó y lo abrazó por detrás para darle un beso en la mejilla-. Tú eres mi mejor amigo -le dijo al oído. Bram cerró los ojos, sorprendido por el desconcierto y la turbación que su proximidad lo hacía sentir-. Sé que estás intentando ayudarme, pero tienes que pensar en ti mismo. Me gustaría que las cosas fueran de otra forma, Bram, pero… son como son.

Él levantó una mano para apretar la suya, pero le costó trabajo hablar porque tenía un nudo en la garganta.

– A mí también -dijo por fin.

Capítulo 3

HARRIET Beckwith salió de la cocina en cuanto oyó a Sophie entrar por la puerta. A pesar de llevar un mandil y un rodillo de amasar en la mano, era la antítesis de «la mujer del granjero». Su madre era una mujer atractiva, siempre bien arreglada y sin un pelo fuera de su sitio.

– ¡Mira qué pinta tienes, Sophie! -exclamó-, ¡Estás llena de barro! Y el pelo… seguro que has estado en Haw Gilí.

Como siempre, su madre la hacía sentir como una colegiala exasperante. Sophie intentaba no enfadarse, pero a veces era difícil recordar que tenía treinta y un años y no catorce.

– He ido a ver a Bram.

– La verdad, yo no sé de qué podéis hablar Bram y tú -suspiró Harriet.

¿Qué diría si supiera que habían estado hablando de matrimonio?

Sophie observó a su madre tomar la chaqueta que había tirado sobre la silla y colocarla en el perchero.

Conociéndola, seguramente diría: «No habrás estado hablando de matrimonio con esos pelos».

– Bueno, ya sabes, de nuestras cosas…

– ¿Se puede saber dónde te has metido? ¡Tienes la chaqueta llena de pelos!



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