
– ¡Gracias a Dios que no estás dormido! Tengo que hablar contigo, Bram.
– ¿Sophie?
– Sí, soy yo. No te he despertado, ¿verdad?
– No… No, qué va.
– Mira, tengo que contarte una cosa…
– Ahora no es buen momento, Sophie.
– ¿Por qué?
Al otro lado del hilo hubo una pausa.
– Pues… porque Vicky está aquí.
– ¿Vicky?
– Vicky Manning. Te acuerdas de ella, ¿no?
Sophie se apartó el teléfono y lo miró durante unos segundos como si fuera un monstruo de dos cabezas.
– Sí, claro que me acuerdo de ella. ¿Qué está haciendo ahí?
Había querido que la pregunta sonase alegre y despreocupada, pero tenía la horrible impresión de que había sonado hostil y, lo que era peor, celosa.
– Está esperando que le haga un café -contestó Bram.
Café. Ya. A Sophie se le encogió el corazón.
Si había llevado a Vicky a su casa, allí pasaba algo gordo. En Londres, invitar a alguien a un café no significaba nada, pero la granja Haw Gilí era un sitio tan aislado que uno no pasaba por allí por casualidad.
De modo que, probablemente, Bram tenía en mente algo más que charlar sobre el tiempo.
Sophie tuvo que tragar saliva. Sentía un peso en la boca del estómago… no eran celos, no, pero… ¿Bram y Vicky? Vicky no era mujer para él. Bram tenía que darse cuenta de eso.
– ¿Es algo importante?
– Pues claro que es importante. Si no fuera importante, no te llamaría a estas horas -contestó ella, más irritada de lo que debería por la presencia de Vicky en la granja.
Pero ¿irían en serio? ¿Serían Bram y Vicky la nueva pareja en el distrito de Askerby? De ser así, Melissa se enteraría enseguida y… ¿qué te diría a su hermana entonces? «Oye, por cierto, estaba de broma cuando te dije que iba a casarme con Bram».
– ¿Vicky puede oírte? -preguntó Sophie.
– No, está en el salón -contestó Bram, bajando la voz.
