
– Seguramente ahora mismo está hablando por teléfono con tu madre. Tu madre se lo contará a Maggie Jackson, y una vez que lo sepa Maggie, lo sabrá todo el pueblo.
– ¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho? -exclamó Sophie.
– Creo que acabas de comprometerte con tu mejor amigo -contestó Ella, que parecía estar disfrutando de su predicamento mucho más de lo que debería disfrutar una verdadera amiga.
– ¿Y qué hago?
– Bueno, si no te atreves a llamar a Melissa, será mejor que llames a Bram para avisarle.
– Sí, claro, tienes razón. Voy a llamarle ahora mismo.
Sophie miró su reloj. Eran más de las diez. Los granjeros solían acostarse muy temprano porque tenían que levantarse al amanecer, y Bram no era una excepción, pero quizá aún estaría levantado.
Sophie marcó el número, pero estaba tan nerviosa que se equivocó y tuvo que empezar otra vez.
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Ella-. No puedes decirle: «¿Cómo estás, Bram? Oye, por cierto, vas a casarte conmigo».
Sophie la miró, pensativa.
– Pues… puedo contarle lo que ha pasado y pedirle que nos hagamos pasar por novios durante unas semanas. Sólo hasta que la gente del pueblo deje de preocuparse por nosotros, ¿qué te parece? Y luego diremos que hemos roto. Bram sólo tendrá que hacer el papel… y seguro que lo hace por mí -contestó. Aunque no estaba tan segura como le gustaría.
Podía imaginar el teléfono sonando en la cocina de la granja Haw Gilí. Si Bram estaba levantado, contestaría a la segunda o tercera llamada, pero el teléfono sonaba y sonaba…
– Por favor, que no se haya ido a la cama -murmuró Sophie. ¿Qué iba a hacer si saltaba el contestador? No era el tipo de mensaje que uno podía dejar en el contestador de nadie, ni siquiera en el de tu mejor amigo: «Hola, Bram, le he dicho a Melissa que vamos a casarnos. Espero que no te moleste. Adiós».
– Granja Haw Gilí.
El sonido de su voz, esa voz tan masculina, tan ronca, tan pausada, hizo que Sophie dejase escapar un suspiro de alivio.
