
Bram miró hacia la puerta de la cocina, esperando que Vicky no entrase de repente.
– Si no vamos a casarnos, ¿para qué vamos a fingir que somos una pareja?
– ¡Para que Melissa no piense que estoy loca! ¿Qué dices? -Sophie estaba empezando a enfadarse-. Mira, lo siento, de verdad, pero no estamos hablando de un compromiso para toda la vida. Sólo te estoy pidiendo que te hagas pasar por mí novio durante unas semanas. Después, puedes invitar a Vicky a todos los cafés que quieras. Pero hasta entonces, ¿te importaría hacerme ese favor? -añadió, desesperada-. Especialmente cuando te Mame mi madre.
– ¿Tu madre va a llamarme? -exclamó Bram, alarmado. Los poderes interrogatorios de Harriet Beckwith eran legendarios.
– Sí, es posible. Melissa se lo contará y mi madre es capaz de llamarte con la sana intención de buscar fecha para la boda. Seguramente me llamará a mí primero, pero no quiero hablar con ella hasta que tú y yo nos pongamos de acuerdo.
Bram suspiró.
– ¿Qué le has dicho a Melissa exactamente? -preguntó, pensando que al día siguiente no contestaría al teléfono.
– Sólo que nos habíamos enamorado e íbamos a casarnos.
– ¿Y te ha creído?
– Pues sí -contestó Sophie-. Mi hermana parece pensar que estamos hechos el uno para el otro, no me preguntes por qué. Le conté todo eso que me dijiste tú de mirar a alguien a quien conoces de toda la vida y verlo de otra forma… Ah, y como parecía una coincidencia que nos hubiera pasado a los dos al mismo tiempo, le dije que te había pasado a ti primero, pero que no te atrevías a decirme nada porque como siempre hemos sido amigos…
– Ah, claro.
– Espero que no te importe.
– Entonces, Melissa cree que yo no tenía valor para decirte que te quiero hasta que tú me lo pusiste fácil -dijo Bram.
