Sophie se había olvidado de Vicky.

– ¿Qué vas a decirle?

– No lo sé.

– Ah.

Eso no sonaba nada bien. Sonaba como si Bram quisiera dejar esa puerta abierta.

– ¿Cuándo piensas venir?

– Pues… la verdad es que ahora mismo no tengo demasiadas cosas que hacer. Me han despedido, ¿sabes?

– Vaya, lo siento.

– ¿Qué tal si voy mañana?

– Perfecto -contestó Bram-. Dime a qué hora llega tu tren e iré a buscarte. Y luego -añadió con un tono menos que amable- tendremos que hablar.

El Land Rover estaba esperándola en la estación cuando Sophie llegó al día siguiente. Sólo eran las tres de la tarde, pero la grisácea luz del sol de noviembre desaparecía rápidamente y las farolas estaban ya encendidas.

Bram se inclinó por delante de Bess, que estaba en el asiento delantero, para abrir la puerta.

– Hola -lo saludó Sophie, subiendo de un salto como había hecho cientos de veces. Quería parecer tranquila, pero su voz sonaba un poco estridente, como si estuviera nerviosa.

Que lo estaba.

Ella nunca se ponía nerviosa con Bram, pero aquellas eran circunstancias «especiales». Porque había hecho algo completamente ridículo. Además de contarle a su hermana una mentira absurda, le había estropeado a Bram una velada íntima con Vicky Manning y, lo peor de todo, lo había obligado a fingir una absurda pantomima delante de todo el pueblo.

Había hecho todo eso dando por descontado que Bram no pondría ninguna pega, como solía hacer siempre, pero esta vez se había pasado. Lo había notado en su voz por teléfono, una cierta reserva, una nota de exasperación que era nueva para ella.

– ¿Qué tal el viaje?

– Bien, bien -contestó Sophie-. Se retrasó un poco la salida en King's Cross, pero luego hemos venido sin problemas.

Dios Santo, estaban hablando como si fueran dos desconocidos. Aquello era horrible.



44 из 107