Jane sacudió la cabeza mientras se preguntaba por qué se le había ocurrido pensar semejante tontería. De todos modos, había algo en aquel joven que cambió el ambiente. Con un esfuerzo, volvió a la realidad.

Al lado del joven estaba John Bridge, un hombre de mediana edad que no dejaba de mirarse el reloj. Después, para horror de Jane, estaba la señora Callam, una anciana viuda que vivía de una paga que cada día valía menos. La señora Callam era una mujer de otra época que no sabía nada de dinero, pero que tenía una fe ciega en que Jane le solucionaría todos los problemas.

La situación debía haber empeorado porque, al ver a Jane, la señora Callam la tomó del brazo y comenzó a hablarle de sus problemas. Al momento, el señor Bridge se interpuso.

– Por si no lo sabe, hay un orden de turno.

– Oh, Dios mío, lo siento -jadeó la señora Callam-. Lo siento, pero es que…

– No soporto a la gente que se cuela -anunció el señor Bridge en voz alta y desagradable.

– No veo a nadie que se haya colado -observó el pirata en tono ligero.

– Tonterías, Usted ha visto igual que yo a esta señora saltarse el orden de turno.

– No se ha saltado nada -respondió el joven-. Yo soy el primero y le he ofrecido cambiar de sitio con ella, ¿lo ve? -el joven se levantó y se sentó al otro lado de John Bridge, ocupando el asiento que la señora Callam acababa de dejar vacío-. Ahora, ella tiene mi sitio y yo el suyo, y usted sigue siendo el segundo, igual que antes. No hay necesidad de armar un escándalo por una tontería.

Al momento, sonrió a la señora Callam.

– No se preocupe, todo está bien.

– Oh, gracias, gracias -dijo la anciana con todo su corazón.



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