Después, volvió a colgarse del brazo de Jane y comenzó a hablar.

– Lo siento, no quería entrar en números rojos, y cuando vi el recargo… -la anciana casi lloraba,

– Cuando se entra en número rojos tenemos que cobrar recargo -explicó Jane amablemente-; sin embargo, tratándose de una dienta de tantos años como usted… Harry, ¿podrías venir un momento, por favor?

Un joven de rostro agradable salió de detrás del mostrador.

– La señora Callam ha entrado en números rojos sin darse cuenta -le dijo Jane-. Le retiraremos el recargo. Señora Callam, Harry va a solucionarlo todo ahora mismo.

– Oh, muchas gracias -la anciana se fue con Harry.

Jane se volvió y descubrió al pirata mirándola con una leve sonrisa que le llegaba a los ojos del azul más oscuro que Jane había visto en su vida. Sintió un sobrecogedor impulso de devolverle la sonrisa.

– ¿Voy a tener que esperar mucho más? -preguntó John Bridge en tono exigente.

– -Ya puede entrar, señor Bridge -le dijo Jane, impasible-. Aunque, como ya le he explicado en la carta que le envié, la verdad es que no puedo hacer nada en su caso.

Siguieron quince minutos durante los cuales John Bridge intentó forzarla a aumentarle el crédito que se había incrementado ya hasta pasado el límite, y por culpa de él. Su fracaso le puso aún de peor humor.

– Voy a escribir a la central para quejarme de usted -amenazó el hombre mientras Jane le acompañaba a la puerta.

– Creo que será lo mejor, hágalo -respondió ella fríamente-. Buenos días, señor Bridge.

Jane sonrió al pirata.

– Enseguida le atiendo.

– No se preocupe, no tengo prisa, estoy muy bien donde estoy -le dijo él en tono amistoso.

El pirata indicó a la señora Callam, que había vuelto y se había sentado a su lado; ahora, la anciana tenía una expresión mucho más viva y alegre.

Jane cerró la puerta de su despacho, pero aún oyó a John Bridge decir:



3 из 130