– No debería haber dicho semejante cosa.

– ¿Qué? ¿Qué es lo que he dicho? -parecía la inocencia personificada.

– Llamar a la señora Callam «querida». Podría ser su abuela y se merece respeto.

– ¿Le parece que la he ofendido? A mí no me ha parecido que se sintiera ofendida.

– Esa no es la cuestión…

– ¿Cree que se ha sentido ofendida?

Jane estaba punto de responder con severidad, pero su sentido de la justicia intervino. La señora Callam se había mostrado realmente encantada.

– No hay que sacar las cosas de contexto -continuó él-. Por ejemplo, si el otro tipo la hubiera llamado «querida»… eso sí que habría sido un insulto.

A pesar suyo, Jane se dio cuenta de que tenía razón.

– No me ha gustado ese avinagrado amigo suyo -observó él.

– No es amigo mío; es más, creo que es una de las personas más desagradables con que he tratado.

El sonrió y fue como si el despacho brillara de repente. Tenía un rostro fascinante, pensó Jane. De haber tenido unos rasgos más armoniosos, habría sido más guapo, pero menos interesante. La frente despejada y la nariz aguileña eran propias de un profesor de universidad, los ojos sonrientes y la boca recordaban a un payaso, pero la prominente mandíbula indicaba la terquedad de una mula. Era un hombre de contrastes, y Jane, cuya vida gobernaba con la precisión de los números, se alarmó al descubrir algo extraño, como si la compañía de aquel hombre fuese un placer.

– Apuesto a que ese hombre no ha conseguido asustarle.

No, así no conseguiría nada, tenía que volver a controlar la conversación.

– No, los hombres como él no me asustan. Pero tampoco me dejo engatusar por el encanto de alguien.



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