– ¿Encanto? -el se la quedó mirando como si fuese la primera vez que oía esa palabra-. Bueno, si se refiere a mí, le aseguro que me siento muy halagado, por supuesto, pero…

– Lo que creo es que ya es hora de que me diga a qué ha venido -le interrumpió Jane con la poca dignidad que la quedaba.

– Dos mil libras, por favor.

Ella sonrió.

– ¿No queremos todos eso? Vamos, por favor, hablemos en serio. ¿Para qué ha venido a verme?

– Se lo acabo de decir, quiero un préstamo de dos mil libras. ¿Por qué le sorprende tanto? No creo ser la primera persona que ha venido aquí para pedir un préstamo.

– Sí, pero la mayoría…

– La mayoría no parecen Angeles del Infierno -concluyó él, sonriente.

– Bueno, usted mismo lo ha dicho.

– ¿No le parece peligroso juzgar… por las apariencias?

– No estoy haciendo eso precisamente.

– Eso es precisamente lo que está haciendo. Nada más mencionar un préstamo, usted ha supuesto que se trataba de una broma. ¿Por qué? Por mi apariencia.

Jane se acercó un papel que tenía encima de la mesa.

– ¿Por qué no empezamos por el principio? ¿Me puede dar su nombre, por favor?

– Gil Wakeman.

– ¿Gil es el diminutivo de Gilbert?

El hizo una mueca.

– No me gusta Gilbert, es un nombre muy pretencioso. Un nombre apropiado para uno que lleve una camisa con cuello almidonado.

– Me sorprendería saber que Gil tiene una camisa -comentó ella irónicamente.

– Tenía una… hace tiempo.

– ¿Qué le pasó? -Jane no pudo evitar hacer la pregunta.

– Que la metí en la lavadora con la ropa de color y salió con los colores del arco iris.

– No me extraña.

– Desde entonces, sólo uso negro, es más seguro. Pero podría comprarme otra camisa, si eso la hace feliz.

– No creo que cambiara en nada la situación.

– Oh… También tenía una corbata hace tiempo.

Jane trató de controlarse, pero la falsa inocencia de los ojos de él pudo con ella. Su boca insistió en sonreír y, al cabo de unos segundos, acabó echándose a reír.



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