
– No había mucho tráfico -le contestó Emma.
Alex decidió centsarse en el asunto que la traía hasta allí.
– ¿Has tomado una decisión?
– Sí -repuso ella, asintiendo.
– ¿Y?
Ella jugó con un anillo de esmeraldas en su mano antes de contestas.
– Me casaré contigo.
Hablaba como si acabaran de condenarla a muerte.
Él sabía que tampoco iba a ser fácil para él. Tendría que cargar con una esposa que se casaba a regañadientes. Mientras estuvieran casados, Alex tendría que dar su vida social y sexual por suspendida. No tenía más que mirarla e interpretar la actitud de Emma para anticipar que tampoco iba a tener relaciones conyugales con ella. Seguro que tampoco iban a ser parte del acuerdo matrimonial.
Así que iba a tener que ser célibe.
– Gracias -repuso él de mala gana.
Ella asintió y se preparó para levantarse.
– Espera.
Emma levantó una ceja.
– ¿No crees que tenemos más cosas que decidir?
– ¿De qué hay que hablar? -preguntó ella, sentándose de nuevo.
– Para empezar, ¿a quién tienes que decírselo sin remedio?
– ¿Que me caso contigo?
– No, que todo es una farsa.
– ¡Ah!
– Sí, esa parte. Mis socios lo saben.
– Mi hermana también.
– ¿Alguien más?
– Sí, mi abogado. Te llamará para hablar del acuerdo prematrimonial.
Alex no pudo evitar reírse.
– ¿Quieres un acuerdo prematrimonial?
– Por supuesto.
– ¿Has visto el valor de mi fortuna en la revista Forbes?
Alex sabía que un acuerdo de ese tipo le convenía más a él que a ella.
– Claro que no. Me importa muy poco tu fortuna. A él le costaba creerlo, pero decidió no ahondar más en el tema.
– Lo primero que tenemos que hacer es comprometernos -le dijo él.
– Creí que eso era lo que acabábamos de hacer.
