– No lo sé.

Se dirigió hacia el vestíbulo mientras sus antepasados lo contemplaban desde sus retratos en la escalera. Su padre era el último de la fila y lo miraba con el ceño fruncido. Alex se imaginaba que le resultaba muy duro estar muerto y no poder intervenir en las decisiones de su hijo.

Entró en el vestíbulo y se encontró con su último problema relacionado con los negocios. Vestida con un elegante traje y aferrada a su bolso color marfil, lo esperaba Emma. Llevaba su melena castaña suelta y recogida tras las orejas. Las gafas de sol sobre la cabeza. Tenía los ojos del color del café, rodeados por espesas pestañas. Estaba perfectamente maquillada y vestida. Parecía muy nerviosa, y él no supo descifrar si sería una buena o mala señal.

– Emma -lo saludó él, extendiendo la mano.

– Alex -respondió ella, asintiendo.

– ¿Quieres pasar? -preguntó él, señalando el pasillo.

Ella miró hacia allí con algo de temor.

– Vayamos a mi despacho, creo que allí estaremos más cómodos -explicó Alex.

– Sí, gracias -repuso ella después de dudar un segundo.

– ¿Qué tal el tráfico? -le preguntó él mientras se encaminaban a su despacho.

Se arrepintió al instante de haber iniciado una charla intrascendental. El no estaba nervioso. Siempre permanecía frío en los asuntos de negocios y aquello no era más que un acuerdo financiero.

Si ella le decía que no, intentaría hacerle cambiar de opinión o probar con el plan B. Creía que Ryan estaba exagerando con el tema de la boda. Pensaba que su futuro no podía depender de lo que quisiera hacer la señorita McKinley.

Entraron en el despacho. Alex sabía que debía sentarse en su sillón, poniéndose así en una posición de poder sobre ella, pero no lo hizo. Señaló una de las dos sillas que había al lado de la chimenea de piedra para que Emma se sentara allí.

Ella asintió e hizo lo que le decía. Cruzó las piernas y alisó su falda beige. Después levantó la vista y él apartó la mirada de sus piernas.



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