
– Creo que podemos aprender a tolerarnos -le dijo ella-. Pero no creo que vayamos a poder convencer a nadie de que estamos enamorados.
Alex se acercó un poco a ella, aspirando su perfume, lo que le hizo sentir otra ola de deseo electrizante. Aquello era una locura. No podía sentirse atraído por Emma, no iba a dejar que eso sucediera.
– ¿Sabes cuál es tu mayor problema? -le preguntó él.
Ella se puso también de pie.
– No, pero seguro que vas a decírmelo.
– Es tu actitud derrotista.
– Pues yo creo que mi mayor problema eres tú.
– Cariño, yo soy tu salvación.
– Y encima eres modesto.
– Cuando trabajas tan duro como yo y prestas atención a las cosas, no hace falta ser modesto -le dijo, acercándose aún más a ella y bajando la voz-. Sólo hay seis personas en este mundo que saben que no estoy enamorado de ti. Y estoy a punto de convencer al resto de lo contrario.
– ¿El mundo entero?
– Hay que pensar a lo grande, Emma.
– Hay que ser realista, Alex.
– Se pueden hacer las dos cosas a la vez.
– No estoy de acuerdo.
– Entonces este asunto será la excepción -le dijo él, sonriendo-. Y pronto te darás cuenta, querida, de que soy excepcional.
Ella puso los ojos en blanco.
– ¿Puedo especificar en el acuerdo prematrimonial una cláusula que limite tu ego?
– Sólo si tu abogado es mejor que el mío.
– ¿Así que ése es tu gran plan? ¿Nos miramos a los ojos en público como dos corderitos mientras nuestros abogados lo disponen todo en la trastienda?
El le hizo un gesto para que se sentara de nuevo.
– Sí, es algo así. Pero hablemos de nuevo de nuestro compromiso.
Ella se sentó y respiró profundamente.
– Supongo que estás hablando de un anillo ostentoso y esas cosas…
– Por supuesto -repuso él, sentándose también-. El asunto es que no queremos que la prensa hable de si estamos prometidos o no, sino de cómo lo hice, cómo te propuse en matrimonio.
