– Creo que esto no me va a gustar en absoluto.

– ¿Eres admiradora del equipo de los Yankees?

Ella sacudió la cabeza y un segundo después se dio cuenta de lo que hablaba.

– ¡Oh, no! No en la pantalla gigante del estadio, por favor.

– Sería espectacular.

– Te mataría.

– ¡Ah! Entonces no iba a funcionar, porque no conseguirías estar en mi testamento.

– Puede que no te hayas dado cuenta aún, pero Katie es la que se encarga de la publicidad de la cadena, ella es la extrovertida de las dos.

– Si no lo recuerdas, ya intenté casarme con ella.

Emma arrugó el ceño durante un segundo, y él se dio cuenta de que sus palabras podían haber sido interpretadas como un insulto.

– Ella ya está comprometida. Tendrás que hacerte a la idea.

– No quise decir que…

– Claro que sí -lo interrumpió Emma-. Pero ya te he dicho que nada de pantalla gigante.

El no había querido implicar que prefería a una hermana más que a la otra. Lo cierto era que le daba igual, pero sabía que sería pasarse volver a intentar explicárselo. A lo mejor sólo conseguía que se enfadara aún más.

– ¿Y si te sorprendo? -le preguntó-. Eso añadirá algo de realismo a la situación.

– Esto es una bobada -repuso ella, enderezándose y recolocando su falda-. Deberíamos estar hablando de la fusión de las empresas. ¿A quién le importa cómo nos hemos prometido?

Parecía que ella no lo entendía. Toda la operación era para mejorar su imagen pública y su reputación.

– A mí sí me importa -le dijo con claridad-. Tú consigues el negocio del siglo y yo reparar mi lastimada reputación. Así que sí que es importante cómo lo hacemos.

Ella abrió la boca para protestar, pero él no parecía dispuesto a dialogar.

– No te equivoques, Emma. Vamos a convencer a todo el mundo de que estamos enamorados o morir en el intento.



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