
– No sé cómo voy a sobrevivir -le dijo Emma a su hermana mientras salían de la pista doce de su club de campo.
Estaba tan distraída pensando en su acuerdo con Alex, que Katie le había ganado todos los puntos del partido de tenis.
No era una actriz ni una persona pública. A algunos miembros de la alta sociedad hotelera les gustaba salir por la noche y aparecer en las revistas del corazón, pero a ella no. A Emma le gustaba mantener su vida privada a buen recaudo.
– ¿Está siendo insoportable? -le preguntó Katie mientras se sentaban a la sombra.
– No más de lo que esperábamos -contestó Emma-. El problema es que es un poco fantasioso y se ha propuesto engañar a la prensa. Y yo no estoy dispuesta a hacer mi papel de dulce y tonta novia neoyorquina.
Katie la miró con el ceño fruncido.
– Bueno, supongo que quiere sacar algo de toda esta situación.
– Ya va a conseguir nuestros hoteles.
– Sólo la mitad.
Emma levantó las cejas. No podía creerse que su hermana pensara que Alex estaba siendo razonable.
– Nos comprometimos a que me casara con él, no a que me paseara por todas las portadas de las revistas.
Katie se encogió de hombros.
– Bueno, quiere presumir de novia, ¿por qué no te dejas llevar?
Emma se quitó la diadema y se sacudió el pelo.
– Porque va a ser vergonzoso y humillante. Además de ser todo mentira.
– No pasa nada por disfrutar un poco mientras mientes -repuso sonriendo su hermana.
Emma tomó una botella de agua minera1.
– Deja de reírte de mí.
– Lo siento. Es que…
– ¿Que qué? ¿Que se trata de mí y no de ti?
– Claro que no. Sabes que te lo agradezco. Ya sabes que es así.
Emma suspiró.
– Tengo que convencerlo para que lleve todo esto con discreción. Prefiero un juez de paz, un pequeño aviso en la sección de sociedad de los periódicos…
– O podría prestarte algo de ropa y podrías salir de fiesta con él por toda la ciudad.
